No aprendí de servicios para el hogar en un salón de clases. Lo aprendí en una escalera.
Durante años trabajé con empresas locales de servicios para el hogar por todo el condado de Snohomish. Limpié canaletas, lavé entradas a presión, traté el musgo en los techos, lavé ventanas y colgué luces de Navidad en el frío. Subí escaleras de 24 pies, trabajé bajo la lluvia y conocí a cientos de dueños de casa en su puerta.
La gente que hacía el trabajo era buena en lo suyo. Le echaban ganas y se enorgullecían de su oficio. Pero llevar el negocio detrás del trabajo no era nada fácil.
De septiembre a diciembre, el trabajo no paraba. Los dueños estaban todo el día en los techos mientras se amontonaban las llamadas y los mensajes. A veces un cliente esperaba más de lo que debía. No era que no les importara. Nomás trataban de hacer demasiado ellos solos.
Luego, después de las fiestas, todo se ponía lento. Los mismos negocios que no se daban abasto de repente casi no tenían llamadas, y los dueños se preocupaban por sobrevivir enero y febrero.
Del otro lado, los dueños de casa no sabían por dónde empezar. Llamaban a unas cuantas empresas y se quedaban esperando. Solo querían a alguien que contestara, que llegara cuando dijo que iba a llegar y que hiciera bien el trabajo.
Esa última parte siempre me importó. Un buen trabajo no es solo limpiar o arreglar algo. Es darle tranquilidad a alguien. Eso es lo que genera confianza, y la confianza es lo que hace que la gente regrese.
Los buenos contratistas y los buenos dueños de casa se andan buscando, y siguen sin encontrarse. Por eso empecé Clynder.
Soy de Lake Stevens y sirvo al área de Everett. He hecho este trabajo con mis propias manos y he visto los dos lados. Creo que lo podemos hacer mejor.
Gente de aquí. Trabajo honesto. Una mejor manera de cuidar tu casa.
— Jason Walker, Fundador